Exhortación a la fidelidad

3¡Siempre doy gracias a Dios por ti, Timoteo! De día y de noche elevo oraciones por ti al Dios de mis antepasados. A él le sirvo con la conciencia limpia.

4Cuando recuerdo tus lágrimas, anhelo tener la alegría de volver a verte. 5¿Cómo he de olvidar la sinceridad de tu fe, que es como la que animó a tu madre Eunice y a tu abuela Loida? Estoy seguro de que es así.

6Por eso te aconsejo que avives la llama del don que Dios te dio cuando puse las manos sobre ti. 7El Espíritu que es don de Dios, no quiere que temamos a la gente, sino que tengamos fortaleza, amor y dominio propio.

8Así que no te avergüences de hablar de nuestro Señor, ni de mí, que estoy preso por la causa de Cristo. Al contrario, debes ser capaz de sufrir por el evangelio, pues Dios te dará fuerzas. 9Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no porque lo mereciéramos sino por su amor y porque así lo planeó. Antes que el mundo comenzara, su plan era mostrarnos su bondad a través de Cristo Jesús.

10Esto se hizo patente con la venida de nuestro Salvador Jesucristo, quien quebrantó el poder de la muerte y nos mostró la vida incorruptible por medio del evangelio. 11Dios me nombró apóstol suyo, con la tarea de predicar y enseñar ese mensaje. 12Por ese motivo padezco estos sufrimientos. Mas no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que puede guardar lo que le he encomendado hasta el día de su retorno.

13Ten por norma las sanas verdades que te enseñé, especialmente las concernientes al amor y a la fe en Cristo. 14Guarda bien la preciosa enseñanza que Dios te dio, mediante el Espíritu Santo que mora en nosotros.

15Como sabrás, los de la provincia de Asia me han abandonado, aun Figelo y Hermógenes. 16Que el Señor sea misericordioso con Onesíforo y toda su familia, porque muchas veces me confortó y nunca se avergonzó de que yo estuviera preso. 17Al contrario, cuando estuvo en Roma me buscó por todas partes y por fin me halló. 18Que el Señor le conceda hallar misericordia delante de Dios en aquel día. Tú sabes mejor que yo lo mucho que me ayudó en Éfeso.

1Por eso, tú, Timoteo, hijo mío, aprópiate de la fuerza que Jesucristo da por su amor. 2Lo que me has oído decir en presencia de muchos, enséñalo a creyentes de confianza que, a su vez, lo puedan enseñar a otros. 3Soporta los sufrimientos junto con nosotros como buen soldado de Jesucristo. 4No te enredes en los asuntos de esta vida, porque ello no agradaría al que te tomó por soldado.

5De la misma manera, el atleta obedece las reglas del deporte si no quiere ser descalificado y perder el premio. 6También el agricultor: trabaja duro para recibir primero parte de la cosecha. 7Medita en esto que te digo, y que el Señor te ayude a comprenderlo.

8Nunca te olvides de Jesucristo, descendiente de David, que resucitó de entre los muertos. Este es mi evangelio; 9por predicarlo sufro penalidades y me tienen en la cárcel como a un criminal. Pero la Palabra de Dios no está presa. 10Por eso, estoy dispuesto a sufrir si con ello alcanzan la salvación y la gloria eterna aquellos a los que Dios ha escogido. Esa es la salvación que tenemos en Cristo Jesús.

11Este mensaje es la verdad:

Si morimos con Cristo, también viviremos con él. 12Si soportamos nuestros sufrimientos, reinaremos con él. Si negamos a Cristo, él también dirá que no nos conoce; 13si no somos fieles, él se mantiene fiel a nosotros, porque no puede faltar a su promesa.